Enrique III es el rey que en el año 1393 concede el título
de Villa a La Adrada, separándola de Avila y concediéndola
junto con Arenas de San Pedro y Candeleda a don Ruy López Dávalos.
Hijo de Juan I de Castilla y de Leonor de
Aragón, casó con Catalina de Láncaster en 1388 en virtud del tratado de
Bayona, siendo nombrado príncipe de Asturias. Ascendió al trono en 1390.
Los tres primeros años de mandato son una sucesión de fórmulas para dar
con la regencia adecuada, como el gobierno de algunos parientes del rey
o el arbitraje de las Cortes. En 1393 toma el poder de manera efectiva
y personal, apoyándose en la nobleza media nacida en la propia dinastía
para alejar a sus parientes (Leonor de Navarra, Alfonso Enríquez). En
política interior, lleva a cabo una verdadera obra reformista, encaminada
fundamentalmente a asentar el poder real. Así, deroga los privilegios
y concesiones anteriormente alcanzados por las Cortes, como la alcabala
y la asistencia al Consejo Real, y promueve la figura del corregidor en
las ciudades. El período de paz que vive Castilla logra equilibrar las
arcas de la corona. Además, emprende la conquista de Canarias y consigue
detener el antisemitismo imperante. Presta su apoyo a Benedicto XIII en
su pretensión al solio pontificio y ha de detener un intento de invasión
de Portugal. Además, la preocupación por el avance turco le lleva a enviar
dos embajadas ante Tamerlán y, frente a los musulmanes, reanuda las operaciones
contra Granada. También consigue alejar a los piratas del estrecho de
Gibraltar. La mala salud le hace delegar en sus últimos años en su hermano
Fernando de Antequera.